Suele ser el Gran Propósito del verano: leer un libro. Después de un curso entero repleto de desesperados “no tengo tiempo” y empachos de programación televisiva diseñada para los sujetos en muerte cerebral que somos a la vuelta de una dura jornada invernal, algo parecido a un ansia de intelectualidad nos carcome la conciencia e incita a emprender tamaña tarea.
Así que, repentinamente, las librerías se pueblan de no tan asiduos visitantes y rellenan sus estantes con un gran número de nuevos títulos y ediciones de bolsillo que puedan echarse a perder en la playa sin remordimientos económicos. Las entrevistas a autores con grandes éxitos de ventas recalcando cuánto tiempo les ha llevado recopilar la información y escribir su nueva publicación (una jugosa novela de ochocientas páginas) están a la orden del día: un buen momento para la literatura barata, las escabrosas historias sobre la corrupción eclesiástica en la Edad Media, los romances subidos de tono y las sagas familiares repletas de adulterios, odios y secretos inconfensables.
La decepción suele llegar en la clásica conversación de piscina, con la funda de las gafas usada como marcapáginas y el filo de las hojas de las voluminosas novelas ondulado por la humedad. Los "lectores de verano" tienden irremisiblemente a presumir de su gran pasión por los libros y acostumbran a tener preparados intensos debates sobre las novelas del momento que acaban de concluir. Mucho cuidado con revelar tu gusto por la lectura: apenas lo menciones, sus rostros se encenderán de excitación y te preguntarán inmediatamente por "tus libros" del momento, relamiéndose ante un inminente repaso a Dan Brown, Ken Follet, Ildefonso Falcones o Carlos Ruiz Zafón. Desgraciadamente, su burbuja de felicidad estallará cuando, restándole importancia, asegures estar releyéndote por cuarta vez La Regenta (¡releyendo! ¡¡¡La Regenta!!!), o mirándote algo de Galdós, o intentando terminar alguno de los clásicos rusos como Guerra y Paz. Has de saber que, en ese preciso momento, habrás cruzado para siempre la frontera que separa a los “lectores interesantes” de los pedantes, a secas.
Pero si lo que deseas realmente es escandalizar a tus contertulios, basta que menciones que estás leyendo poesía. O mejor, bájate directamente a la playa un libro de Rilke, o de T. S: Eliot, o (más nuestro) de Juan Ramón Jiménez. Serás para siempre excluido del círculo de los incondicionales de El ocho. (Nota: podrán ser indulgentes contigo si el poeta en cuestión es Bécquer o Lorca. A Bécquer se lo perdona porque todo el mundo lo ha leído, y a Lorca, por ser Lorca, aunque nadie conozca de él más que el “Verde que te quiero verde”.) Si buscas ser aún más provocador, prueba con Luis Alberto de Cuenca, o con Luis Rosales, o con Guillermo Carnero. Desde ese preciso momento, posiblemente te quedes sin amigos. Aunque he de avisarte que tampoco cosecharás demasiados si tu lectura de verano es algo de teatro (leer La vida es sueño es casi una declaración pública de enemistad con la humanidad).
No quisiera ser malinterpretada: no pretendo decir que la lectura más adecuada para un vuelo Madrid-Lanzarote sea La Odisea, y comprendo que, tumbado en una hamaca de la playa, puede ser más apetecible para la mayoría un thriller inglés que los grandes clásicos de la Literatura universal. Incluso un devoto cinéfilo puede ver de cuando en cuando una mala película americana sin dejar por ello de ser un amante del cine. La desgracia del asunto es que sean estos títulos de acciones mal desarrolladas, descripciones fallidas y retorcidas tramas con lagunas y cabos sueltos, los que acaben consagrándose como Libros de Lectura Obligatoria, los que, a ojos de la mayoría, determinen si sabes disfrutar o no del placer de la lectura.
Pero como la Literatura se ha convertido en un negocio tan rentable que incluso en las librerías cuesta encontrar a los Grandes (Quevedo, Victor Hugo, Joyce, Baudelaire, Tolstoi…) entre precuelas, secuelas y secuelas de las secuelas de Best Sellers, y en la piscina prefiero tomar el sol en paz, creo que este verano, cada vez que me pregunten “¿qué estás leyendo?”, responderé con un feliz “¡nada!” cubriendo con mi pareo la portada de alguno de mis Innombrables favoritos.














