domingo 21 de junio de 2009

El Placer de la Lectura


Ya llega el verano, y con él, los estampados de colores, las campañas de concienciación respecto a la protección solar, las playas abarrotadas de turistas y, por supuesto, el reavivado interés por la lectura.

Suele ser el Gran Propósito del verano: leer un libro. Después de un curso entero repleto de desesperados “no tengo tiempo” y empachos de programación televisiva diseñada para los sujetos en muerte cerebral que somos a la vuelta de una dura jornada invernal, algo parecido a un ansia de intelectualidad nos carcome la conciencia e incita a emprender tamaña tarea.

Así que, repentinamente, las librerías se pueblan de no tan asiduos visitantes y rellenan sus estantes con un gran número de nuevos títulos y ediciones de bolsillo que puedan echarse a perder en la playa sin remordimientos económicos. Las entrevistas a autores con grandes éxitos de ventas recalcando cuánto tiempo les ha llevado recopilar la información y escribir su nueva publicación (una jugosa novela de ochocientas páginas) están a la orden del día: un buen momento para la literatura barata, las escabrosas historias sobre la corrupción eclesiástica en la Edad Media, los romances subidos de tono y las sagas familiares repletas de adulterios, odios y secretos inconfensables.

La decepción suele llegar en la clásica conversación de piscina, con la funda de las gafas usada como marcapáginas y el filo de las hojas de las voluminosas novelas ondulado por la humedad. Los "lectores de verano" tienden irremisiblemente a presumir de su gran pasión por los libros y acostumbran a tener preparados intensos debates sobre las novelas del momento que acaban de concluir. Mucho cuidado con revelar tu gusto por la lectura: apenas lo menciones, sus rostros se encenderán de excitación y te preguntarán inmediatamente por "tus libros" del momento, relamiéndose ante un inminente repaso a Dan Brown, Ken Follet, Ildefonso Falcones o Carlos Ruiz Zafón. Desgraciadamente, su burbuja de felicidad estallará cuando, restándole importancia, asegures estar releyéndote por cuarta vez La Regenta (¡releyendo! ¡¡¡La Regenta!!!), o mirándote algo de Galdós, o intentando terminar alguno de los clásicos rusos como Guerra y Paz. Has de saber que, en ese preciso momento, habrás cruzado para siempre la frontera que separa a los “lectores interesantes” de los pedantes, a secas.

Pero si lo que deseas realmente es escandalizar a tus contertulios, basta que menciones que estás leyendo poesía. O mejor, bájate directamente a la playa un libro de Rilke, o de T. S: Eliot, o (más nuestro) de Juan Ramón Jiménez. Serás para siempre excluido del círculo de los incondicionales de El ocho. (Nota: podrán ser indulgentes contigo si el poeta en cuestión es Bécquer o Lorca. A Bécquer se lo perdona porque todo el mundo lo ha leído, y a Lorca, por ser Lorca, aunque nadie conozca de él más que el “Verde que te quiero verde”.) Si buscas ser aún más provocador, prueba con Luis Alberto de Cuenca, o con Luis Rosales, o con Guillermo Carnero. Desde ese preciso momento, posiblemente te quedes sin amigos. Aunque he de avisarte que tampoco cosecharás demasiados si tu lectura de verano es algo de teatro (leer La vida es sueño es casi una declaración pública de enemistad con la humanidad).

No quisiera ser malinterpretada: no pretendo decir que la lectura más adecuada para un vuelo Madrid-Lanzarote sea La Odisea, y comprendo que, tumbado en una hamaca de la playa, puede ser más apetecible para la mayoría un thriller inglés que los grandes clásicos de la Literatura universal. Incluso un devoto cinéfilo puede ver de cuando en cuando una mala película americana sin dejar por ello de ser un amante del cine. La desgracia del asunto es que sean estos títulos de acciones mal desarrolladas, descripciones fallidas y retorcidas tramas con lagunas y cabos sueltos, los que acaben consagrándose como Libros de Lectura Obligatoria, los que, a ojos de la mayoría, determinen si sabes disfrutar o no del placer de la lectura.

Pero como la Literatura se ha convertido en un negocio tan rentable que incluso en las librerías cuesta encontrar a los Grandes (Quevedo, Victor Hugo, Joyce, Baudelaire, Tolstoi…) entre precuelas, secuelas y secuelas de las secuelas de Best Sellers, y en la piscina prefiero tomar el sol en paz, creo que este verano, cada vez que me pregunten “¿qué estás leyendo?”, responderé con un feliz “¡nada!” cubriendo con mi pareo la portada de alguno de mis Innombrables favoritos.

lunes 25 de mayo de 2009


Sentada en la cama, ordenando el día (ha habido colores, apuntes, un chiste, un enfado, calor, atascos a la hora punta), se me hace difícil identificar esa vida como mía. Por un instante, se entremezcla todo con la vaguedad de una película medio olvidada, escenas inconexas de las que se guardan sólo gestos, o la frase precisa. Habría que completarlo todo con un epílogo, pienso a veces. Unas frases que resumieran lo auténticamente trascendental, que nos permitieran entender en qué desembocará, o ya lo ha hecho, cuanto vivimos y no acertamos a comprender plenamente.


Creo que llevo ya un tiempo eligiéndote como epílogo, poniéndole tu nombre de broche al día que se evade, dejando que desaparezca todo lo que me asfixia a diario para pensar en ti y desahogarme de la rutina, igual que las niñas buenas rezan antes de meterse en la cama. Y de algún modo, es en ese momento - en el que no estás pero casi - cuando siento que realmente vale la pena aguantar las tardes grises de estudio y lidiar con todo lo malo que tiene la inminencia de junio. Quizás sea por la leve luminiscencia que me invade y envuelve desde que te tengo a mi lado, algo parecido a la felicidad, a las ganas de seguir y conocerte más, al interés por descubrir la primera pelea, tu mayor debilidad, tus ilusiones, tu peor defecto, lo mejor que puedes sacar de mí y yo de ti. O tal vez la causa sea sencillamente una corazonada, la sensación de que vas a ser “alguien” en mi vida, y no una cara de las que se olvidan con el cambio de estación.


A veces pagaría por adelantar el tiempo con la misma presteza que se pasan las páginas de un calendario, tachar rápidamente las semanas que nos separan y poder sentarme a tu lado a perder el tiempo de una manera casi ignominiosa. Y dado que me es imposible, y que tampoco soy de esas personas que fácilmente dicen lo que llevan dentro, necesitaba que supieras lo que mis silencios, ausencias y de vez en cuando borderías no siempre dejan entrever:


que la palabra con la que cierro los ojos
noche tras noche
es tu nombre.

martes 7 de abril de 2009

Cómo le imprimes corazón al movimiento
en la física cuántica de un roce. Me dejas
un dolor hecho sinapsis. Te duelen
los números, creo, como la sangre



“como una herida”



como la sangre
envasada en hospitales. Como si


el amor no fuese una ecuación
o tú y yo sumásemos
algo más que equis. Podríamos
ser pequeños dioses


dices “no”


Tengo
que confesarte varias reglas nemotécnicas
para sobrellevar la velocidad
y cómo palpar las inquietudes
cómo medir el desconcierto,
calcular los centímetros de tu desilusión,
los electrones del sinsentido

“¿y son de átomos los sueños?”



esperas escapar de la cuadrícula, pero


olvidaste una constante,
un signo:
multiplicar el absurdo
por el paréntesis de todo.

jueves 12 de marzo de 2009

Rosas rojas

- Y ahora, ¿qué?
Yo me mordí el labio inferior, donde todavía me quemaban palabras muy semejantes a una excusa. No me gusta esa clase de preguntas porque no suelo saber contestarlas. Y no llevo muy bien quedarme sin respuestas. Disimulando la turbación que me anegaba, me limité a callar y a continuar caminando en silencio, despacio, muy despacio, a tu lado.

Era cierto. "Y ahora, ¿qué?"

Hacía sol, y viento. Un viento que me enmarañaba el cabello y me lo arrastraba a la cara, ayudándome a esconder los ojos, lo cual era un alivio. Me costaba mantenerte la mirada.

- No sé - repuse al fin. El viento parecía haberme enmarañado también la elocuencia y, sobre todo, las ganas de hablar. Deseaba que aquel momento concluyese lo antes posible, que los dos lo olvidáramos con la siguiente bocanada de aire, que se borraran repentinamente y de un plumazo los últimos y extraños meses de idas y venidas, conversaciones, cafés con azúcar - mucho azúcar -, indeterminaciones, maneras de casi mentir sin llegar a caer en el engaño, paseos por Madrid, medias sonrisas, autobuses que perder para llegar tarde con algo de intención.

Me llevé la mano al cuello. Suelo juguetear con los colgantes cuando estoy nerviosa. O eso, o morderme las uñas. Mis dedos aferraron el corazón de cristal de murano que pendía de una cinta de raso, golpeándome tenuamente, al caminar, la escotadura yugular hasta llegar a resultar molesto. Roma. Allí también estás. Como en tantos otros recuerdos. En lugares lejanos. En París. En nuestra cafetería favorita de Madrid, muy cerca de Ópera. Nunca, ni tú ni yo, pudimos pensar que las cosas llegarían a este punto, a un silencio incómodo paseado entre facultades bajo un frío sol de marzo.

Otra oleada de viento llevó hasta mí el aroma de las flores que intentabas ocultar, que te incomodaban, que deseabas hacer desaparecer de tus manos, invitadas non gratas a este desagradable acontecimiento que desde el principio estábamos abocados a protagonizar.

Eran rosas rojas. Qué típico, pensé mientras simulaba que no me daba cuenta de que eran para mí (eran, un tiempo verbal que no estoy acostumbrada a usar contigo: siempre has estado en mi presente).

Es posible que nunca te lo haya dicho, pero mis rosas favoritas son las amarillas. Quizás porque conllevan una menor implicación, mantienen despierto el enigma, no se declaran tan abiertamente. Y son menos comunes. No suelo tener relaciones comunes - si estuvieras escuchando mis pensamientos, reirías francamente antes de recordarme que no suelo tener relaciones en general, y es cierto, sí, y yo también reiría después de propinarte un codazo, y te evadirías con bromas negándote afrontar la extravagante situación que nos ha reunido y separado al mismo tiempo -. No las rosas de un amarillo pálido, sino las brillantes, las que se fingen soles oscuros. Es extraño, puesto que no me entusiasma el color amarillo. Pero jamás me han regalado rosas amarillas, y no creo que, al menos de momento, nadie lo haga. Y ahora ya no lo sabrás. No te lo diré. ¿Para qué? Tendré que contentarme con rosas rojas. Todo el mundo regala rosas rojas.

Una breve despedida en la boca de Metro. Seguí apartando los ojos de las rosas, rezando porque no acabaran despechadas en alguna papelera en cuanto te diera la espalda para encaminarme hacia la parada de autobús. Palabras de siempre, de aquí estoy, de quedaremos, de no estés mal, de dale recuerdos a tu madre, de el viernes que viene es el cumpleaños de Ana, de por cierto no te olvides de lo de la comida del martes. Sonrisas forzadas y adioses. Y una mirada que me hace sentir diminuta. Y cruel. Pero sobre todo diminuta. Siempre me he sentido muy niña a tu lado. Supongo que, sencillamente, porque lo soy.

Regresé leyendo en el autobús. A veces se me escapaba el pensamiento. Lo atrapaba con cada cambio de canción en el iPod. Y me perdí en algo de Audrey - querida Audrey - muy de noche, en un vano intento de hacer de mi vida una encantadora película en blanco y negro y sin rojo. Sin rosas rojas.



domingo 9 de noviembre de 2008

Voz



Teníamos un árbol. ¿Recuerdas? Decidimos que era nuestro. Se alzaba en la zona de arena de "la-pista-de-arriba" (llamábamos así, de corrido, a aquel rincón donde deshilvanábamos nuestros recreos), y el resto de los niños magullaban su corteza con iniciales y corazones, pese a la indignación que aquello nos causaba.
Era un árbol viejo, de tronco tan ancho que ni siquiera llegábamos a enlazar nuestras manos cuando lo abrazábamos. Estaba hueco, y por él gemía el viento huracanado en los días de invierno, usándolo de flauta venereble; y en otoño se llenaba su pie de hojas pardas y amarillas. Nosotras nos sentábamos en las oquedades que sus raíces habían abierto en el terreno en cuesta y jugábamos a los piratas, a las princesas, a las tiendas de "arena finita" y "arena roja" que conseguíamos triturando trocitos de ladrillo con piedras. Tú envidiabas mi facilidad para inventar argumentos para los juegos, mientras que yo anhelaba tu manera de ganarte al mundo entero con una sola sonrisa, con esa simpatía que desbordabas sin tan siquiera pretenderlo.
Mimábamos aquel árbol como si de él dependieran nuestras incipientes vidas de tan sólo siete años, y él nos vio reír, cantar desafinando, convertirnos en heroínas, madres y condesas, pelearnos por un bolígrafo bic que nos encontramos en el patio, soñar, imaginarnos ya crecidas, reinventarnos día a día.
Y te vio llorar, también. Te vio llorar cuando falleció tu padre. Nunca olvidaré tu rostro de niña desolada cuando me diste la noticia, ni las mangas de tu baby verde mojadas de tanto secarte las lágrimas de los ojos. Y recuerdo que deseé ser tu hada madrina para poder esgrimir una varita mágica con la que devolverte a tu padre, pero en cambio sólo pude darte la incomprensión propia de una chiquilla de siete años.
Te decían que se había ido al cielo, que desde allí te miraba. Pero para ti no era suficiente. Lo extrañabas tanto que rara era la conversación en la que no salía a relucir su nombre, y entonces las facciones se te dulcificaban, la faz se te poblaba de ternura y melancolía al mismo tiempo.
Un día, refugiadas ambas en las raíces de nuestro árbol, alzamos las dos la vista al mismo tiempo. Era nuestro árbol inmenso, altísimo: casi acariciaba el sol con las yemas de sus ramas. Y estaba hueco.
Se nos ocurrió que si pegabas la boca a uno de los orificios de su perforada superficie y susurrabas al interior del tronco, tus palabras ascenderían y le llegarían a tu padre hasta el cielo.
Así lo hiciste. Se convirtió en Voz aquel árbol. Con ese nombre se quedó: Voz del Mundo. Y aunque pronto "adoptamos" también a otro árbol, nunca consiguió alcanzar a Voz en valor sentimental para nosotras.
Todo aquello no duró demasiado. El invierno siguiente, Voz cayó abatido en una tormenta, y la-pista-de-arriba perdió gran parte de su encanto. Y al finalizar aquel curso, yo me cambié de colegio: me dijeron unas chicas que lloraste al enterarte.
Pero ya sabes cómo son los niños: viven cada instante sin reparar en lo que dejan atrás, sin plantearse nada, sin intentar tampoco aprehender los pequeños regalos del día a día, limitándose a disfrutarlos. Nuestras vidas se bifurcaron completamente, nos perdimos la pista, tú pasaste a ser un lejano recuerdo con el cual había escritos cuentos en los recreos, compartido castigos, murmurado a media voz pequeños secretos; pero al fin y al cabo, eso: un recuerdo, una sombra nebulosa.
No hace mucho que, un poco por casualidad, he vuelto a saber de ti. Ni de ti ni de mí queda nada de las que fuimos, y sin embargo, siempre habrá en mi corazón un recoveco para todos aquellos mediodías plagados de tu risa, aquellos horribles macarrones del comedor, nuestros babys sucios y sin botones, nuestra colección de "hojitas", nuestros fantásticos juegos con todos los demás, cuyos nombres tú y yo sabemos.
Porque, si mal no recuerdo, tú fuiste la primera a la que llamé "amiga".

miércoles 5 de noviembre de 2008



Me apasionan los colores...

...pero siempre me quedo con la noche.







lunes 27 de octubre de 2008

Tiempo

"El tiempo es la materia de la que he sido creado."

Jorge Luis Borges

Si hay algo que me descorazona es sentirme prisionera de un reloj. Quizás por eso últimamente ando algo alicaída: me falta tiempo hasta para respirar, y los ojos se me escapan a las manecillas de mi reloj de pulsera casi segundo a segundo, calibrando cada instante, intentando luchar infructuosamente contra su correr impetuoso.

No existe nada más maravilloso que disponer del tiempo suficiente como para perderlo. O, mejor dicho, como para inventirlo en uno mismo: en la lectura de un libro, en ver una buena película, en disfrutar de una canción con los ojos cerrados, en divagar con los ojos perdidos tras el cristal de una ventana... Y resulta espantoso comprobar que el único hueco que me está quedando para todos estos detalles es el trayecto de ida y vuelta en autobús a mi facultad: ese cuarto de hora se ha convertido en mi pequeña escapada para avanzar algún capítulo del libro de turno o perderme en mi música (pese al fastidioso ronroneo del motor tras mis auriculares).
Siempre mirando el reloj, escamoteando minutos de conversación, tratando de sacar tiempo de donde no lo hay para vivir de verdad, sin ser demasiado consciente de los días, sólo del ajetreo que traslado conmigo dondequiera que voy. Anoche no logré escapar de mí misma, del inconformismo que esta situación me suscita, y medité sobre el asunto mientras me arropaba en la cama bajo mi colcha. A mi mente acudió ese enternecedor relato infantil que es Momo, de Michael Ende, y por primera vez me di cuenta de que cada vez me parezco más a esos odiosos mayores embaucados por los "hombres grises" a los que de niña juré no arrimarme jamás.
Por eso hoy me he dejado el reloj de pulsera sobre mi mesilla, incapaz de atrapar un nuevo día entre sus manecillas. Lo cierto es que no ha servido de demasiado, pero me ha permitido recordarme una y otra vez que por mucho que escasee el tiempo, no debo permitir que éste se me escape de entre los dedos sin saborearlo.

domingo 19 de octubre de 2008



No es que me falten las palabras:
es que me sobra tu nombre...


Entiende que no es exactamente lo mismo.

lunes 13 de octubre de 2008

Se va...



Había aguaceros en sus ojos, y un terror que me quebró el aliento. Estaba ahí, sentado junto a mí, hecho un dolor y con su mano aprisionando la mía.

- Se me va... Se me va... - repetían sus labios angustiosamente mientras sus dedos amenazaban con quebrarme los nudillos en su intento de asirse a mi ayuda.
A mí me faltaban las palabras y el aplomo como para darle esperanzas. Ambos sabíamos que era cierto, que su madre llevaba viviendo de prestado dos agónicos meses, que resultaba ineludible un final inminente, que pronto toda esa maraña de noches de hospital, floristerías, ojeras violáceas, lágrimas corrosivas y amargos sobresaltos daría paso a una ausencia tan negra como el temor de los ojos de la enferma.
- Tengo miedo - solía confesarme él en nuestros ratos a solas -. Tengo miedo, y ella también. Pero para ella, nada puede ser peor que esto... porque lo peor que le puede pasar es la nada. Para mí lo peor es aprender a convivir con su fantasma... - Y las palabras se le entrecortaban en un resuello provocado por la disnea.
Me habitué a ayudarle a escoger cada tarde el ramo de flores para su madre, y a acompañarle hasta el pasillo del tercer piso del hospital, sin sobrepasar nunca el umbral de la pequeña estancia para no irrumpir yo, una extraña, en aquella tragedia familiar. Luego lo esperaba en la cafetería, sentada frente a una palmera de bollería industrial y ojeando un periódico o imaginando a mi amigo recolocando los almohadones bajo la espalda de su madre, atusándole el cabello, contemplándola escaparse de su cuerpo carcomido por el cáncer. Me resultaba difícil aceptar que una desazón tan grande pudiese caber en un dormitorio tan diminuto - e impersonal, dicho sea de paso - como el que ocupaba la moribunda.
Llegó un punto en que ya la mujer perdió hasta el débil lamento que conservaba como voz por culpa de una traqueotomía, y ella y su hijo idearon un rudimentario sistema de conversación: él formulaba largas ristras de preguntas para llenar sus oídos de vida, y ella respondía con un leve movimiento de las manos. Cuando giraba sobre la colcha las manos hacia arriba, mostrando sus palmas hacia el techo, era un asentimiento, mientras que cuando enseñaba el dorso de las mismas, comunicaba su negación. Su hijo le hablaba de sus clases, de la tía Marina, de la situación económica, del tiempo, de su intermitente creencia en Dios, de su reciente desamor, de los exámenes, del libro que se estaba leyendo, de cuánto la quería. Y ella volteaba las manos y sonreía.
Una noche me llegó al móvil un mensaje informándome de que había muerto. Con el corazón aprisionado en un puño, me eché el abrigo a los hombros y salí a la calle. El hospital estaba cerca de mi casa, y el trayecto hasta el mismo fue una carrera en la que el gélido aire de febrero me lastimó punzante los pulmones.
Al velatorio estaban arribando largas y desconsoladas figuras enfundadas en negro que bajaban los ojos con solemnidad. Yo sentí que me ahogaba. De pronto, vi frente a mí a mi amigo. Tenía las pestañas perladas de lágrimas, el rostro pálido, el cuerpo tembloroso (me percaté sólo entonces de cuánto había adelgazado en los últimos tiempos), pero lucía una mueca semejante a una sonrisa esperanzada entre los labios amoratados por el frío. Vino hasta a mí y me abrazó. Yo le devolví el abrazo efusivamente y le farfullé mi más sincero pésame, apretando su pecho contra el mío.
- Dijo"sí" - me susurró -. Mamá se ha ido diciendo "sí" - y su temerosa sonrisa se ensanchó un par de milímetros mientras se apartaba de mí y me mostraba las palmas de sus manos, imitando el gesto de la ya fallecida.
Y en ese instante, en ese preciso instante, y tal vez sólo en él, comprendí que mi amigo estaba creyendo en Dios.

viernes 10 de octubre de 2008

Desenlace




Me abrigan los años,
y el cielo
me llora la ausencia,
y el pecho
me gime incorrupto
de credos,
y yo
secularizo los labios:
esperarte
es darte la vida
que no tengo,
que no fue
que supedito
a tu llegada.

De escayola es el tiempo,
de mármol la mano
que no llega a ti,
de piedra la vida
esculpida en ensueño,
la realidad
es mi mentira
y dormir
es morir...

Pero tiene tu nombre esta noche,
tiene tu voz, y el encanto
- un hilo
enhebrado
de sueños
malformados-
al filo
del suicidio
se quiebra
en tu regazo.

Porque yo
soy el secreto que buscabas,
tu recóndito bastión,
la palabra fenecida,
el corazón
que late entre tus risas,
la razón
de la injusticia
que te mantuvo sonámbulo
por este mundo de perfidia
para hoy
aliviar la desazón
de mi luenga pesadilla:

Y ya
se aproxima el desenlace
sin brujas
ni espinales...

sábado 4 de octubre de 2008

Otra vez





Huele a soledad el viento,
a furia aplacada, a tiempo
infectado de ti,
a silencio
macilento:
invento
un beso carmesí,
reviento
en tus malos pensamientos
y empiezo
otra vez,
otra vez
me encadeno a tu amargura,
atento
contra mí...

Boqueo
como un pez fuera del agua
presa del sucio viento,
beso el aire
que deshilavanas en la boca:
se me abren las penas
y las venas
al son de ti...




miércoles 1 de octubre de 2008





Y puede que, pese a todo, sí que esté buscando algo...


Quizás te busco a ti.






domingo 28 de septiembre de 2008

No sigas la flecha




Sigue la flecha:

-si quieres ser uno más,
-si temes a lo diferente,
-si te subordinas a la opinión de los demás,
-si no te importa demasiado ser feliz,
-si prefieres tu realidad a las que existen fuera de ti,
-si no sabes sufrir,
-si detestas las complejidades,
-si prefieres los espejos a los cristales,
-si buscas la indiferencia como forma de vida,
-si no has aprendido a apreciar la soledad,
-si adaptas tus gustos a lo convencional,
-si pretendes seguir el camino sencillo,
-si te asustan las preguntas,
-si no te interesa volar...
...pero si no temes al fracaso,
si buscas ser tú mismo,
si pretendes cazar el infinito,
si la contracorriente no te achanta,
toma mi mano
y piérdete conmigo...


Dime, ¿por qué te tienen que marcar el camino?


viernes 26 de septiembre de 2008

... Y yo también ...


...y no divago,
no acierto,
no beso,
no asiento
casi nunca...
Pero advierto
letras en su presencia:
su vómito de asperezas
y alegrías
es la rima
que soy y a escondidas
hago mía
con la libido a cuestas.
Sin sutilezas
camina entre calabazas,
se da nombres:
cabalga
a lomos de sus versos,
se adelanta
a la desidia,
a la perfidia
de las lenguas sucias
y las plumas secas,
sin modismos ni clausuras
ni convencionalismos
ni arcaísmos
de escritura.
Escupe con fiereza,
enaltiva la cabeza,
ratifica la verdad
y su entereza,
y su crueldad
y su ubicuidad
y reina
sobre un imperio de palabras
del que yo soy soy su princesa...
Nos quedamos
a las puertas de los labios,
sulfatizamos los versos
e incluso
nos negamos la mano,
pero los dos nos anegamos
de acordes esenciales,
de músicas celestiales,
de sueños baratos,
de danzas infernales,
de frases vilipendosas
de sentimientos ancestrales...
Y pese a que mi boca
esté vedada,
pese a que haya
años y distancias,
él se adueña de mis besos
y yo
de sus palabras...